“Conversaciones ADCOME, referentes que inspiran”
Entrevista al escritor y conferenciante
Josép-Lluís Doménch Gómez
“Abrazar la ética y la moral en todos los actos de nuestra vida
qué es tan fácil como subir al autobús y pagar el billete sin escaquearse”

Nacido en Barcelona, Josép Doménech ha desarrollado una vida profesional plural en la que destacan treinta años de servicio en la Guardia Urbana de la misma ciudad (1977-2007), donde trabajó diariamente en contacto con la ciudad, sus conflictos y sus gentes. Tras esa etapa, ha participado en distintos proyectos y responsabilidades en los que ha mantenido un hilo común: el interés por las personas, la convivencia y el trabajo bien hecho. Su recorrido combina la experiencia en primera línea, el compromiso con el servicio público y una reflexión constante sobre los valores que sostienen nuestra vida en común.
Pocas trayectorias combinan con tanta naturalidad la reflexión sobre el ser humano, la experiencia del servicio y la búsqueda de sentido como la de Josép Doménech. A lo largo de los años ha ido enlazando etapas muy distintas, desde la dedicación profesional hasta otros espacios de trabajo, siempre con una mirada atenta a las personas, y a los valores que sostienen la convivencia. En esta entrevista para ADCOME nos acercamos a su lado más íntimo: los momentos que marcaron un antes y un después, las decisiones que funcionaron casi como pequeños ritos de paso, su manera de entender el trabajo interior y el compromiso con los demás. Un diálogo que invita a leer su biografía como un camino de aprendizaje continuo, discreto y profundamente humano.
Salvador D. - Hola mi querido y estimado amigo Josép, para empezar esta entrevista, dime ¿cómo te presentarías tú mismo a alguien que no te conoce, en dos o tres frases, más allá de las etiquetas y los cargos formales?
Josép D.- Como una persona de acuerdo con los propios gustos, que mira de rodearse de personas positivas y procura cultivar con esmero un entorno tranquilo, pausado, dentro de su círculo habitual, que si nos detenemos a pensarlo no es un privilegio menor, en los actuales tiempos, Salvador.
Montaigne, lo expresó con su lucidez característica: «La más grande cosa del mundo es saber pertenecer a uno mismo.» Esa idea me ha acompañado a lo largo de los años, no como un precepto abstracto, sino como una convicción vivida. Pertenecerse a uno mismo no significa aislarse del mundo, sino mirar de habitar la propia existencia con sentido, con gratitud y buscar una serenidad que solo da el haber recorrido ya un buen trecho del camino.
Aunque ya te digo que no es tarea fácil. Para mí, lo esencial, cristaliza en algo tan sencillo y hermoso como la capacidad de recibir cada amanecer, cada luz del alba, como un discreto ejercicio de agradecimiento a la naturaleza. Eso sí, sin desear fronteras en el tiempo para seguir viviendo así; no por miedo a la disolución biológica, sino por amor a la vida, como quien sabe que cada jornada es un don y no ya una obligación, y que aún queda bastante espacio —asaz tiempo— para poder hacer muchas cosas.
Salvador D. - Mirando hacia atrás, ¿qué momentos o decisiones sientes que han sido más determinantes en tu biografía, casi como si fueran pequeños ritos de paso en tu vida?
Josép D.- Si me haces mirar hacia atrás con honestidad, Salvador, y desde la madurez aderezada de ahora, me atrevo con valentía a reconocer errores de juventud —siempre dinámica e impaciente—, subsanados, si me permites, con una adecuación progresiva a las realidades que han ido parcelando mi recorrido por la vida, que a veces pone poco a poco todo en su lugar.
Hay una tensión entre comprender lo vivido y seguir empujando hacia delante que creo que es el verdadero eje de toda autobiografía honesta. He mirado de transitar por la vida con decencia, teniendo siempre presente que todo me ha servido para no arrepentirme de nada y para ejecutar los rituales del vivir «con fuerza y vigor».
Gracias a poder contestar tus preguntas por escrito, voy a solicitar de tu indulgencia y que me permitas adornar mis respuestas, para quizás transmitirlas mejor con aforismos que son los argumentos que los clásicos y otros célebres, nos brindan y que a mi entender compensará el no poder mantener este diálogo en persona frente a un café o una bebida espirituosa.
Antonio Machado, con la sencillez que solo alcanzan los grandes, lo dijo mejor que nadie: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.» Y así ha sido exactamente.
Los momentos más determinantes fueron, sin duda, los de haber encontrado un trabajo que me gustaba —no es mérito pequeño si nos paramos a valorar— y haber tenido aún tiempo, después para disponerlo al servicio de mi verdadera pasión, que ha sido el estudio de la Historia Universal y de la Filosofía. Cada uno de esos giros ha funcionado como un auténtico rito de paso: el primero me enseñó la disciplina; el segundo, la vocación. El camino se ha ido haciendo paso a paso, sin un plan maestro previo, con una brújula interior de joven desequilibrada quizás, y que, con los años, es posible que ahora esté en la dirección correcta.
Salvador D.- ¿Qué rasgos de tu infancia y juventud crees que han marcado más tu manera de ser adulto, en tu forma de entender la responsabilidad, la igualdad y el respeto al otro?
Josép D.- Hay un regalo que no siempre se reconoce en su justa medida cuando se recibe, y ese obsequio es precisamente el que unos padres de extracción humilde, como fueron los míos, fueron capaces de ofrecerme con creces: no solo el acceso a la educación y a los estudios, sino algo mucho más valioso e intangible, que es la ética del trabajo bien hecho, el respeto a los demás ganado desde abajo y la conciencia de que nada que merezca la pena llega sin coste ni dedicación.
Pero, después quizás fui anárquico y no profundicé en una carrera convencional, en un título universitario. No voy a excusarme de no haber podido hacerlo, mi padre podía permitírselo. Pero decidí otro camino. No me arrepiento. Quizás sea esto una muestra de rebeldía equivocada, aunque de nada me culpo, ya que he mirado de autocultivarme y convertirme en lo que vosotros los académicos denomináis un “autodidacta”.
Después de terminar lo que en mi juventud era el Bachiller Superior, y de haber estudiado francés e inglés, miré de encontrar la llama de la curiosidad y del sentido del deber.
La educación verdadera no es la que te llena la cabeza de datos, sino la que prende algo dentro de ti que ya no se apaga. Crecer en aquel entorno, recibiendo una formación que combinaba el rigor académico con una educación moral sólida, me dejó una impronta que ninguna institución puede enseñar por sí sola.
En aquella época se tenía muy en cuenta en las notas escolares, no solo la conducta, sino también la urbanidad; cosas que hoy, por desgracia, resultan casi desconocidas, pero que, parezca o no, te marcan de por vida. Mis padres no tenían títulos académicos, pero me dejaron la mejor herencia que puede recibir un hijo: una buena crianza y el ejemplo. Con mucho, ha sido lo más valioso que he recibido
Salvador D.- Has vivido una trayectoria profesional dilatada y diversa. ¿Qué hilo conductor ves tú entre tus distintas etapas laborales, qué ideas o qué valores sientes que se mantienen constantes?
Josép D.- Hay experiencias profesionales que, precisamente por haberse forjado en contextos históricos complejos y no del todo libres, acaban proporcionando una comprensión más profunda de lo que debería ser, en esencia, cualquier institución dedicada al orden y a la convivencia.
El haber desarrollado una carrera dentro de un cuerpo policial en tiempos en que la democracia plena todavía no había echado raíces firmes no es una circunstancia menor: es una escuela singular y exigente en un terreno donde las referencias no siempre eran las más adecuadas ni las más inspiradoras.
Con el paso del tiempo y la perspectiva que solo los años pueden dar, he llegado ahora, a apreciar que el verdadero sustrato de cualquier cuerpo policial digno de ese nombre no reside en la autoridad como fin en sí mismo, sino en algo mucho más noble y cercano a la vocación de servicio: preservar el orden cívico desde una genuina convicción de que libertad, justicia y tolerancia no son conceptos abstractos, sino realidades cotidianas que hay que cuidar con inteligencia y con sensibilidad. Pero quizás entonces me limitaba a trabajar lo mejor posible, sin apreciar mi “rol”, como ahora lo hago.
El lema de «Servir y Proteger», cuando se interioriza de verdad y no se reduce a una fórmula rígida, encaja de manera natural con una concepción humanista del ejercicio de la autoridad, que hace de la proximidad y del respeto su principal herramienta.
Salvador D.- ¿Hubo alguna persona —un maestro, un jefe, un familiar— que actuara para ti como referente o guía en momentos de cambio importantes? ¿Qué aprendiste de esa relación en términos de fraternidad o lealtad?
Josép D.- Tuve un maestro, sacerdote escolapio, que nos impartía Historia Universal que quizás me permitió ver que hay cosas más transcendentales que la materia de la asignatura que se enseña, y que no es otra cosa que “el ejemplo”, lo que en latín denominamos: “Facta non Verba”. Un religioso que, en tiempos convulsos y políticamente peligrosos, tenía la valentía intelectual y moral de ser coherente con sus convicciones democráticas mientras ejercía la docencia, protestando con otros sacerdotes contra la Dictadura en las calles y que fue detenido varias veces. Para mí no fue simplemente un profesor: era un testimonio vivo de que las ideas tienen un coste y de que la integridad personal no admite compartimentos estancos.
Aquel maestro encarnaba esa verdad con naturalidad, sin grandilocuencia alguna, y eso precisamente era lo que hacía que su enseñanza calara tan hondo.
Por otra parte, mi padre fue el diestro guía de algo igualmente esencial y quizás más silencioso: la ética de la responsabilidad concreta, aquella que no se ejercía en los grandes escenarios sino en el día a día de un pequeño negocio, al cargo de cinco trabajadores cuyas familias dependían de él. Dirigir con humanidad, sostener compromisos cuando los vaivenes económicos aprietan y no reducir a las personas a meros instrumentos de producción es una lección de fraternidad práctica que ningún libro te enseña con tanta eficacia como el ejemplo directo y cotidiano.
Mi progenitor no conocía, probablemente, las grandes frases de los filósofos sobre la ética, pero las vivía sin necesidad de haberlas leído. Ese padre al que observas gestionar la adversidad con sentido del deber y del afecto te deja una huella que te moldea para siempre la manera de entender la lealtad hacia los demás.
Más tarde leyendo a Albert Camus que «un hombre sin ética es una fiera salvaje soltada en este mundo.» me convencí de que papa, no conocía, probablemente, esa frase, pero la vivía sin necesidad de haberla leído. Creo que sabía gestionar la adversidad con sentido del deber y del afecto, y eso Salvador, creo que es una huella que moldea para siempre la manera de entender la lealtad hacia los demás.
Salvador D.- Entre 1977 y 2007 trabajaste en la Guardia Urbana de Barcelona. ¿Cómo recuerdas hoy esa década de servicio y qué significó para ti en el plano personal y ético?
Josép D.- Fue una experiencia gratificante en toda su extensión. Serví en diversas funciones y terminé en el Servicio de Información, una tarea que exige perspicacia, discreción y una capacidad de análisis que, con el tiempo, se convierte en una segunda naturaleza. Considero enormemente positiva aquella época de mi vida profesional, puesto que asistí —y no como espectador, sino desde dentro— a la implantación en España de un sistema democrático, no solo en la sociedad civil sino dentro del propio cuerpo policial, lo cual, déjame decirlo, no es en absoluto lo mismo que una transición en cualquier otro ámbito laboral.
Pude vivir en primera persona cómo ese proyecto de convivencia democrática se iba articulando, con todas sus contradicciones y sus logros, desde la atalaya particular de un cuerpo de seguridad en plena transformación. La mayor parte de los servicios prestados fueron en tareas que no requerían el uniforme, sino la discreción de vestir de paisano. En las tareas del Servicio de Información de un cuerpo de casi tres mil agentes, se clarifican muchas respuestas que la sociedad aún hoy se sigue formulando. Se viven momentos en que queda demostrado que todo, todo es posible.
Puedo decir que aquella experiencia me curtió personalmente, me ayudó —con numerosos cursillos y másteres de formación— a nivel profesional y humano. También la gestión de la inmediatez y la resolución rápida de problemas en determinados momentos de crisis, pudieron haberme ayudado a contemplar la vida de manera diferente, con una ecuanimidad que no se aprende en los libros. Y como solución global a tu pregunta, éticamente me jubilé habiendo comprendido muy bien que la faceta de un policía tiene que ser siempre, solo y exclusivamente, «Servir y Proteger». Cosa, insisto, no es fácil aún hoy en día.
Salvador D.- ¿Qué te llevó en su momento a ingresar en la Guardia Urbana y qué expectativas tenías antes de empezar que la realidad matizó o corrigió con el tiempo en cuanto al sentido del deber, del servicio y del compromiso con los demás?
Josép D.- En primer lugar, conviene desterrar un tópico. A veces se asocia a las policías locales en España una función única de control de tráfico, corrección de este mediante denuncias —que no multas, pues las multas solo las imponen los alcaldes— y cuestiones menores. La realidad es sensiblemente distinta. En las grandes ciudades españolas como Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla, las policías locales, y especialmente las de Madrid y Barcelona, se diversifican en tareas de orden público, judiciales e incluso en el terreno del control y dispersión de manifestaciones.
Todas estas facetas me amoldaron a concebir una idea del orden sin caer en los mecanismos de unas costumbres —por decirlo así— asentadas en un rigor de ultra conservadurismo corporativo, del que siempre creo, logré huir. Debo decir que, a mis años, tengo muy claro lo que debe ser el sentido del deber y del servicio a los demás. El orden, bien entendido, no es represión: es la primera condición para que la convivencia funcione.
Lo del compromiso creo que me fue imbuido antes por mi formación personal: el ejemplo de mis padres, mi educación en un colegio religioso, pero no ultraconservador, como eran y son los Escolapios, sino integral, humanista y socialmente comprometido, fuera de las concepciones de un adoctrinamiento rígido. La buena educación no consiste en llenarte la cabeza, sino en encender un fuego dentro. Y ese fuego, una vez encendido, ya no se apaga. Y como te he dicho, el poderte contestar por escrito me permite acudir a citas con las que “adobar” lo que quiero decirte. Y una de ellas es de Aristóteles, que en su obra “Política”, ya señalaba que «el orden es la primera necesidad de la ciudad.».
Salvador D.- El trabajo en un cuerpo de seguridad implica trato constante con conflictos, normas y límites. ¿Qué te enseñó esa experiencia sobre el comportamiento humano, sobre la convivencia en la ciudad y sobre la necesidad de tolerancia en situaciones tensas?
Josép D.- La experiencia en un cuerpo de seguridad te ofrece, ante todo, una mirada directa —y a menudo descarnada— sobre la condición humana. Te enseña que el conflicto no es una anomalía, sino una constante latente en la convivencia, que emerge cuando fallan los equilibrios —personales, sociales o institucionales— que sostienen la vida común.
Uno aprende pronto que las normas no son meros instrumentos coercitivos, sino estructuras necesarias para contener la fragilidad de los comportamientos y canalizar las tensiones inevitables de la vida en comunidad. Pero también comprendes que la norma, por sí sola, resulta insuficiente si no va acompañada de criterio, prudencia y una lectura fina de cada situación. La ley debe aplicarse con firmeza, sí, pero también con el temple y la humanidad de quien la ejecuta. Eso lo aprendes en la calle, no en los manuales.
El trato continuado con escenarios de tensión te revela, además, que detrás de muchas conductas conflictivas no hay tanto malicia como desbordamiento: hay miedo, frustración, incomprensión o, simplemente, incapacidad de gestionar determinadas circunstancias. Eso no justifica la conducta, pero te obliga a interpretarla con profundidad. De ahí que la tolerancia —bien entendida— no sea debilidad, sino una forma superior de inteligencia práctica: saber mantener la firmeza sin perder la mesura, aplicar la ley sin deshumanizar al otro, y sostener el orden sin caer en la arbitrariedad.
La convivencia en la ciudad es un equilibrio delicado, sostenido no solo por normas, sino por una ética cotidiana en la que la autoridad y la comprensión tienen que caminar, necesariamente, juntas.
Y ahora, después de años de lecturas y reflexión sobre la condición humana, he llegado a leer por ejemplo a Montesquieu que, en El espíritu de las leyes, nos enseñó que “la ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie, pero su aplicación exige el temple y la humanidad de quien la ejecuta”. Y también a Voltaire, aquel espíritu libre e indispensable, que aún lo resumió con una frase que no ha perdido un ápice de vigencia: «La tolerancia es la virtud del hombre fuerte.».
Es decir, en saber mantener la firmeza sin perder la mesura, aplicar la ley sin deshumanizar al otro, y sostener el orden sin caer en la arbitrariedad. En definitiva, esa experiencia enseña que la convivencia en la ciudad es un equilibrio delicado, sostenido no solo por normas, sino por una ética cotidiana, en la que la autoridad y la comprensión deben caminar, necesariamente juntas, de la mano.
Salvador D.- ¿Hay alguna situación de esos años —sin entrar en detalles sensibles— que sientas que te cambió la mirada sobre la justicia, la dignidad o la fragilidad de las personas más vulnerables?
Josép D.- Más que una situación concreta, lo que verdaderamente te transforma la mirada Salvador, es la acumulación de muchas escenas, a veces discretas, otras duras, profundamente perturbadoras, que terminan sedimentando en la conciencia. Son encuentros con la realidad en su estado más desnudo, donde desaparecen los matices cómodos y se te revela, sin mediaciones, la complejidad —y en ocasiones la crudeza— de la condición humana.
Ese recorrido te permite comprender que la justicia no es solo una construcción normativa, sino también una aspiración frágil, constantemente tensionada por las desigualdades, las circunstancias personales y los límites mismos de la sociedad. La dignidad, por su parte, deja de ser un concepto abstracto para convertirse en algo que puede verse erosionado —a veces de forma silenciosa— en la vida cotidiana de muchas personas.
Te enfrentas a la vulnerabilidad de quienes viven en los márgenes y también a la crudeza de ciertos comportamientos en el ámbito de la delincuencia, donde la necesidad, la desesperación o la falta de horizontes pueden derivar en conductas difíciles de comprender desde fuera. Pero, al mismo tiempo, percibes también una cierta insensibilidad social, una distancia cómoda que tiende a simplificar realidades complejas y a juzgar sin conocer.
Y esa circunstancia es muy importante. En mi último libro “Consistorio” abordo precisamente el tema de la justicia bien adjudicada, utilizando un aforismo de un viejo proverbio sioux: “Antes de juzgar a una persona camina tres lunas con sus mocasines”.
Todo ello te deja una huella indeleble. No te endurece tanto como podría pensarse, sino que, paradójicamente, te afina la percepción y te obliga a mirar con mayor profundidad. Aprendes que la fragilidad no es una excepción, sino una condición compartida, y que la verdadera medida de una sociedad no reside solo en sus normas, sino en cómo trata —y comprende— a quienes se encuentran en sus límites.
Salvador D.- Después de dejar la Guardia Urbana en 2007, ¿qué has conservado de esa etapa en tu manera de trabajar, de tomar decisiones y de relacionarte con los demás en términos de respeto, empatía y sentido de fraternidad?
Josép D. - Tras mi salida de la Guardia Urbana en 2007, esa etapa quedó integrada de forma profunda en mi manera de entender el trabajo, la toma de decisiones y, sobre todo, la relación con los demás. La experiencia acumulada me ha dado quizás, un bagaje sólido. Pero precisamente fuera del ámbito profesional es donde he tenido la oportunidad de afinar y profundizar con mayor serenidad en valores que antes se ejercían bajo la urgencia del servicio.
Con más tiempo y una mirada más reposada, el sentido de la fraternidad ha adquirido una dimensión mucho más consciente. Mi divisa ha sido no detenerme, no dar nada por concluido. En paralelo, desde hace casi 11 años he podido desarrollar una labor constante de reflexión y escritura, a la que he dedicado, con frecuencia, más horas que las que antaño exigía mi actividad profesional.
Ese proceso ha estado marcado, ante todo, por un esfuerzo deliberado por pulir los propios defectos, tarea que, como bien sabemos, es probablemente la más ardua de todas.
No se trata de una forma de afirmación personal, sino de una convicción ética: la obligación moral de transmitir aquello que uno ha recibido y comprendido.
Victor Hugo, que conocía como pocos las miserias y las grandezas del alma humana, escribió en Los miserables que «no hay mala hierba ni hombre malo; solo hay malos cultivadores.»
Esa frase resuena con fuerza cuando se ha vivido la calle desde el lado del orden. Ese recorrido permite comprender que la justicia no es solo una construcción normativa, sino también una aspiración frágil, constantemente tensionada por las desigualdades, las circunstancias personales y los límites mismos de la sociedad.
La dignidad, por su parte, deja de ser un concepto abstracto para convertirse en algo que puede verse erosionado —a veces de forma silenciosa— en la vida cotidiana de muchas personas. En ese tránsito, uno se enfrenta tanto a la vulnerabilidad de quienes viven en los márgenes como a la crudeza de ciertos comportamientos en el ámbito de la delincuencia, donde la necesidad, la desesperación o la falta de horizontes pueden derivar en conductas difíciles de comprender desde fuera. Pero, al mismo tiempo, también se percibe una cierta insensibilidad social, una distancia cómoda que tiende a simplificar realidades complejas y a juzgar sin conocer. Todo ello deja una huella indeleble. No endurece tanto como podría pensarse, sino que, paradójicamente, afina la percepción y obliga a mirar con mayor profundidad.
Salvador D.- En tu día a día actual, ¿en qué consiste principalmente tu trabajo y qué tipo de retos te encuentras con más frecuencia: más bien técnicos, organizativos, o de gestión de personas y de valores como la colaboración y la confianza?
Josép D.- En mi actividad actual tengo el privilegio y la suerte de contar con la confianza de Brenno Ambrosini para desempeñar funciones de representación exterior, en una Asociación Cultural sin Ánimo de lucro, en donde conviven hombres y mujeres de buenas costumbres. Es una responsabilidad que ya había ejercido anteriormente. Esta continuidad no es casual, sino que responde a una afinidad de criterio y, sobre todo, a una coincidencia profunda en el plano de los valores. Coincido con él en la manera de conseguir mejor relación, afinidad, concurrencia y contactos con instituciones de otros países; en una sola idea: “Unión y Fraternidad Universal”.
La labor cotidiana no es tanto técnica como relacional y ética. Implica construir, sostener y cuidar vínculos entre instituciones, lo cual exige una atención constante a la palabra dada, a la coherencia institucional y a la confianza mutua. Aristóteles lo expuso con claridad en su Ética a Nicómaco: «la verdadera amistad es la que se funda en la virtud.» Y la relación entre instituciones, cuando es auténtica, tiene mucho de eso: de amistad fundada en principios compartidos, que no deja de ser un cajón de sastre de virtudes y deseos comunes.
Compartimos una convicción clara: no estamos aquí para figurar ni para recorrer países acumulando presencias, títulos o decoraciones. Esa visión, más cercana a la apariencia que al fondo, desvirtúa el sentido de nuestra función y obligación. Por el contrario, entendemos nuestra labor como una tarea de tejido silencioso, orientada a crear lazos reales de convivencia, de unión y de fraternidad entre instituciones. Son precisamente esos vínculos, construidos con paciencia y autenticidad, los que, llegado el momento, se traducen en ayuda efectiva cuando surgen situaciones adversas. Ahí es donde la fraternidad deja de ser una palabra para convertirse en un hecho tangible. La ayuda recibida desde instituciones hermanas de otros países en la reciente Dana de Valencia es el claro ejemplo del camino a seguir.
Salvador D.- A lo largo del tiempo, ¿qué cambios más profundos has observado en tu sector profesional y cómo has tenido que adaptarte interiormente a esos cambios, sin renunciar a principios como la libertad de criterio o la integridad?
Josép D. - Desde mi jubilación me he desvinculado por completo de la actividad profesional que ejercí durante años. No obstante, a través de la lectura puntual de la prensa, sigo observando —desde una atalaya más cómoda y ya lejana— la evolución de ese ámbito que conocí de primera mano.
Los cambios han sido notables, tanto en los medios como en las dinámicas sociales que rodean la función. La exposición pública es hoy mayor, el juicio inmediato más frecuente y, en ocasiones, más superficial. Sin embargo, haber formado parte de ese entorno permite conservar una mirada más contextualizada, más amplia, menos precipitada. Se comprende que muchas actuaciones no pueden valorarse adecuadamente sin atender a las circunstancias concretas en las que se producen, algo que difícilmente percibe quien no ha vivido la complejidad de un trabajo que es, al mismo tiempo, exigente y necesario para el equilibrio de la convivencia.
En cuanto a la adaptación personal, ha sido, en realidad, una transición serena. La distancia ha permitido reafirmar principios que nunca estuvieron en cuestión: la libertad de criterio, entendida como capacidad de análisis propio, sin dejarse arrastrar por corrientes momentáneas, y la integridad, como eje constante de conducta. Más que adaptarme a los cambios, diría que he aprendido a observarlos con perspectiva, sin renunciar a una forma de entender las cosas que, precisamente por el paso del tiempo, se ha vuelto más firme y consciente.
Salvador D.- Cuando trabajas con equipos o colaboradores, ¿qué valoras más: la competencia técnica, la coherencia personal, la capacidad de aprender, la actitud...? ¿Cómo entiendes tú la idea de «trabajar en fraternidad» dentro de un equipo?
Josép D.- En el trabajo con equipos o colaboradores valoro, sin duda, la competencia técnica, pero no la considero el elemento decisivo. Con el tiempo he aprendido que la verdadera solidez de un equipo se asienta, ante todo, en la coherencia personal, en la responsabilidad asumida y en la actitud con la que cada uno se implica en la tarea común. La capacidad de aprender es igualmente esencial, porque revela apertura y humildad, pero solo adquiere pleno sentido cuando se acompaña de un compromiso sincero con el bien colectivo.
Sócrates, tal como nos lo transmite Platón, repetía que «solo sé que no sé nada», y en esa confesión de humildad reside, paradójicamente, la mayor sabiduría. Procuro siempre hacer las cosas con sosiego, sin prisas innecesarias, pero con plena conciencia de la responsabilidad que implica cada encargo asumido. En nuestro ámbito, las funciones no son meras tareas operativas: son responsabilidades que quienes nos las confían merecen ver correspondidas con rigor, seriedad y lealtad.
En cuanto a la idea de «trabajar en fraternidad», la entiendo como una forma de cooperación que va más allá de la simple coordinación. Significa actuar con espíritu de equipo, escuchar, respetar los tiempos y las opiniones de los demás, y anteponer siempre el interés común a cualquier inclinación personal. La fraternidad, en este contexto, no es una abstracción, sino una práctica cotidiana que se traduce en confianza mutua, en apoyo constante y en una manera de trabajar en la que cada uno aporta lo mejor de sí mismo sin necesidad de protagonismo.
Salvador D.- Si tuvieras que resumir tu filosofía de trabajo en tres palabras que también te sirvieran como brújula vital, ¿cuáles elegirías y por qué esas?
Josép D.- Si tuviera que elegir tres palabras que orienten mi manera de trabajar y, al mismo tiempo, mi brújula vital, serían precisamente estas: Compromiso, Responsabilidad y Lealtad.
El Compromiso porque toda función que se asume —aunque sea de manera temporal y por elección— implica una entrega consciente. No se trata solo de cumplir, sino de implicarse con sentido, de sostener la palabra dada y de estar a la altura de la confianza recibida.
La Responsabilidad que es asumir una función conlleva aceptar sus consecuencias, medir las decisiones y actuar con prudencia. En mi caso, esa responsabilidad se traduce también en una exigencia interior constante: procurar no equivocarme, y cuando el error es inevitable —como lo es en toda condición humana—, reconocerlo y subsanarlo con serenidad.
Y la Lealtad, para mí es esencial es, ante todo, una forma de coherencia moral: la decisión sostenida de permanecer fiel a las personas, a las ideas y a los compromisos que uno ha abrazado libremente, no por inercia ni por comodidad, sino por convicción íntima. No se confunde con la obediencia ciega ni con la sumisión, que son sus falsificaciones más frecuentes; la lealtad auténtica exige discernimiento, esto es, saber a quién y a qué se debe uno. En su ejercicio cotidiano, la lealtad se manifiesta sobre todo en los momentos de dificultad, cuando resultaría más fácil y cómodo abandonar al otro o renegar de lo pactado. Es ahí, precisamente en la prueba, donde se revela su verdadera naturaleza; no como una virtud de los días apacibles, sino como la argamasa que sostiene cualquier relación humana digna de ese nombre cuando los cimientos tiemblan. La fraternidad se proclama, la amistad se cultiva, pero la lealtad solo se demuestra cuando mantenerla tiene un coste. Por ello, de todas las virtudes que vertebran la vida en común, la lealtad es quizá la más silenciosa y la más indispensable. No busca reconocimiento ni aplauso; se ejerce sin aspavientos, en la constancia del trato, en el cumplimiento de la palabra dada, en la negativa serena a traicionar la confianza depositada. Quien la práctica no necesita invocarla, porque sus actos hablan con una elocuencia que ningún discurso iguala.
Salvador D.- ¿Cómo ha cambiado tu manera de entender el éxito con el paso de los años: qué peso tienen hoy para ti el reconocimiento externo frente a la libertad interior, la coherencia y el servicio a los demás?
Josép D.- ¿El éxito? ¿Qué es en realidad, el éxito Salvador? Con el paso de los años he aprendido a mirarlo con cierta distancia, casi con desconfianza hacia sus definiciones más habituales, tan ligadas al reconocimiento externo o a logros visibles.
Déjame, volver a abusar de citas prácticas: Emerson, aquel pensador americano de prosa luminosa, decía que «el éxito consiste en reírse mucho y a menudo, en ganarse el respeto de personas inteligentes y el cariño de los niños.». Si he de ser honesto, no siento haber acumulado «éxitos» en el sentido convencional. Sí considero, en cambio, una verdadera fortuna —y ahí, si se quiere, reside mi única idea de éxito— haber compartido más de cincuenta y tres años de vida con mi esposa y Hermana, con quien he construido una familia que me ha dado una hija y dos nietas. Ese legado íntimo, discreto y profundo, tiene para mí un valor muy superior a cualquier otra consideración.
En el ámbito civil, he procurado conducirme con rectitud, haciendo lo mejor que he sabido en cada momento. No ignoro que, como todo ser humano, habré podido equivocarme e incluso, sin pretenderlo, causar algún perjuicio. Pero también sé que la vida no se mide por la ausencia de errores, sino por la voluntad constante de actuar con honestidad y de corregir aquello que no se ha hecho bien.
Hoy, el reconocimiento externo tiene un peso muy relativo. Valoro mucho más la libertad interior, la coherencia entre lo que uno piensa y lo que hace, y el sentido de servicio hacia los demás.
Salvador D.- ¿Qué lugar ocupan hoy la lectura, la reflexión o el estudio en tu vida cotidiana? ¿Tienes algún tipo de rutina o «ritual» personal que te ayude a ordenar el pensamiento y a renovar tu compromiso con tus valores?
Josép D.- La lectura, la reflexión y el estudio han ocupado siempre un lugar central en mi vida, y en ese sentido puedo decir que el paso del tiempo no ha alterado en lo esencial esa inclinación. Desde muy temprano cultivé el hábito de leer de manera constante, formando una biblioteca amplia y diversa que ha sido, en muchos momentos, una verdadera escuela silenciosa.
Borges, aquel ciego visionario, confesaba que «siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.» Comparto esa visión con todo el corazón. Con el tiempo y una implicación más profunda en el estudio, ese interés se orientó de forma más específica, dando lugar a una biblioteca especializada considerable, fruto de años de búsqueda y reflexión. Esa colección, lejos de concebirla como un patrimonio personal, he querido que tenga continuidad y utilidad, dejándola como legado y modesta contribución, a la Biblioteca Arús de Barcelona, donde podrá seguir cumpliendo una función de transmisión y conocimiento.
En cuanto a rutinas, no responden tanto a un ritual rígido como a una disciplina interior constante: leer, tomar notas, releer, contrastar ideas y, sobre todo, dejar que el pensamiento madure con calma
Salvador D.- Más allá del trabajo, ¿qué aficiones o intereses personales te ayudan a mantener el equilibrio, a tomar distancia de lo inmediato y a seguir haciéndote preguntas sobre el sentido de la vida y de la comunidad?
Josép D.- Más allá del trabajo, mi principal dedicación —que a la vez es afición, disciplina y necesidad interior— es proseguir la tarea de expresar y transmitir mis reflexiones sobre la ética, la filosofía y la condición humana. Tras la publicación de dieciséis libros, lejos de considerarlo un punto de llegada al final, lo vivo como un proceso aún abierto, en el que continúan surgiendo ideas que, de algún modo, siguen «trabajando» en mi pensamiento y que deseo ordenar y compartir en nuevas obras. Esa labor de escritura es, para mí, una forma de equilibrio: me permite tomar distancia de lo inmediato, estructurar la reflexión y seguir interrogándome sobre el sentido de la vida, de la comunidad y del propio camino personal. Es, en definitiva, un ejercicio de continuidad y de coherencia con lo vivido.
Si se me permite Salvador, una nota más personal, diría que quizá esa cierta maña para ordenar ideas y expresarlas por escrito contrasta con una habilidad mucho más limitada en el terreno práctico. No soy, en absoluto, un hombre de manos hábiles en las tareas domésticas; más bien al contrario. Pero tal vez cada cual encuentra su lugar donde puede ser más útil, y en mi caso ese espacio ha sido, sin duda, el de la palabra, la reflexión y la transmisión. De momento, la escritura ha sido mi herramienta más fiel.
Salvador D.- Vivimos en una época de cambios acelerados y cierta incertidumbre. ¿Qué te preocupa más del mundo actual y qué señales ves que te hagan confiar aún en la capacidad de las personas para construir sociedades más libres, igualitarias y tolerantes?
Josép D.- Me considero como Gramsci, Pesimista con la inteligencia, pero optimista con la voluntad.» Esa es exactamente mi posición. Un pesimista que observa la realidad contemporánea con preocupación —sería ingenuo no hacerlo—, pero que no ha renunciado a la convicción de que el ser humano es capaz de algo más que la mera confrontación de intereses. Vivimos en una época de aceleración constante, donde la inmediatez parece imponerse sobre la reflexión, y donde el ruido —político, mediático o social— tiende a simplificar problemas que son, en esencia, complejos. Me preocupa especialmente esa pérdida de matices, esa facilidad con la que se polarizan las posiciones y se debilita el espacio del diálogo. También inquieta una cierta deshumanización, visible en la indiferencia ante el sufrimiento ajeno o en la banalización de la violencia, ya sea simbólica o real.
Sin embargo, pese a todo ello, sigo encontrando motivos para la esperanza. Los veo en gestos discretos pero constantes: en la solidaridad que emerge ante situaciones de crisis, en la capacidad de muchas personas de organizarse para ayudar sin esperar reconocimiento. Frente a la conocida visión de Hobbes, que describe al hombre como inclinado de forma natural al conflicto, creo que la experiencia cotidiana demuestra que esa no es la única ni necesariamente la principal verdad sobre la condición humana. Si bien el conflicto existe, también existe —y con no menor fuerza— la inclinación a cooperar, a cuidar y a construir. Por eso, aun en medio de las incertidumbres actuales, sigo pensando que merece la pena sostener una mirada exigente pero esperanzada. La historia, en definitiva, no está escrita de antemano: sigue siendo, en gran medida, una tarea compartida.
Salvador D.- A lo largo de tu trayectoria has tenido relación con personas y contextos muy diversos. ¿Qué te han aportado esas experiencias en términos de apertura de mente y, llegado el caso, de colaboración más allá de fronteras o culturas?
Josép D.- A lo largo de mi trayectoria, el contacto con personas y contextos diversos ha sido, sin duda, una de las experiencias más fecundas en términos de apertura de mente. Ya desde mi juventud tuve la oportunidad de vivir dos años en Francia, en un entorno con costumbres, ritmos y formas de relación distintas a las que me eran propias. Aquella experiencia, que en su momento pudo parecer simplemente circunstancial, resultó ser una auténtica escuela de relativización: uno comprende que lo que considera «natural» no es sino una entre muchas maneras posibles de habitar el mundo.
Se aprende que la diferencia no es una amenaza, sino una oportunidad de enriquecimiento, y que la verdadera inteligencia no consiste en afirmar lo propio, sino en saber integrarlo en un horizonte más amplio. En ese sentido, la colaboración más allá de fronteras o culturas deja de ser un ejercicio protocolario para convertirse en una consecuencia natural de esa apertura. Allí donde hay voluntad de entendimiento, las diferencias se ordenan; donde hay escucha, surge la posibilidad de construir en común.
Podría resumirlo en un principio que la experiencia parece confirmar una y otra vez: quien solo conoce su mundo, apenas conoce el mundo; quien se abre a otros, comienza a conocerse a sí mismo. Y, pese a las tensiones que inevitablemente atraviesan nuestras sociedades, sigo constatando que existe un sustrato profundo que no desaparece: una cierta solidaridad universal que, aunque a veces silenciosa, persiste y se manifiesta cuando las circunstancias lo requieren. Es, quizá, una de las formas más discretas —pero también más firmes— de esperanza.
Salvador D.- Para terminar, ¿qué legado te gustaría dejar en las personas que te han conocido, tanto en tu entorno profesional como en tu vida privada: qué ejemplo de libertad, fraternidad, compromiso y respeto te gustaría que permaneciera?
Si hay una faceta que he procurado cultivar a lo largo de mi vida —no siempre con la perfección deseada, pero sí con voluntad constante— es el sentido de la lealtad, como te he dicho antes. Se habla con frecuencia —y con razón— de fraternidad, de compañerismo, de gratitud o de amistad. Son valores nobles, necesarios, incluso imprescindibles para la convivencia. Pero todos ellos, si se observan con detenimiento, encuentran su verdadera consistencia en un núcleo más profundo: la lealtad. Sin ella, esos otros conceptos corren el riesgo de quedarse en formulaciones retóricas o en afectos circunstanciales. Si tuviera que expresar qué legado me gustaría dejar, lo haría con sencillez, sin grandes pretensiones. Me bastaría con que quienes me han conocido —en el ámbito profesional o en la vida privada— pudieran recordarme como alguien de trato abierto, de palabra cercana, quizá incluso de humor fácil, y, sobre todo, como una persona que procuró no herir y que, si en algún momento lo hizo sin querer, supo —o quiso— pedir disculpas.
Marco Aurelio, el emperador filósofo al que siempre vuelvo con provecho, nos dejó una máxima que llevo grabada: «No pierdas más tiempo discutiendo sobre cómo debe ser un buen hombre. Sé uno.» En esa línea, mi aspiración no ha sido otra que intentar, con mayor o menor acierto, aproximarme a ese ideal en lo cotidiano.
Si, llegado el momento, alguien pudiera decir de mí —sin artificio ni énfasis— que fui, sencillamente, una buena persona, consideraría que ese es, en verdad, el único legado que merece la pena.
Con esta última reflexión, la trayectoria de Josép Doménech se dibuja como un recorrido hecho de pasos aparentemente modestos pero cargados de sentido: decisiones, encuentros, pruebas y silencios que han ido afinando su manera de estar en el mundo. Sus respuestas dejan entrever a una persona que valora tanto la coherencia como el servicio, que entiende el trabajo como una forma de crecimiento y la relación con los otros como un espacio privilegiado de aprendizaje. Desde ADCOME queremos agradecerle la generosidad de compartir esta mirada serena y exigente a la vez, y ofrecer a quienes nos leen estas páginas como invitación a detenerse, pensar y también revisar el propio camino.
Creo que su gran fuerza está en mostrar que se puede ejercer la autoridad sin perder la humanidad, y en entender el éxito no como reconocimiento externo, sino como haber construido una vida decente, fiel a los propios valores y a las personas queridas. Detrás del policía, del escritor y del conferenciante, lo que queda es alguien que ha intentado, sencillamente, ser una buena persona, y eso, hoy, ya es una forma muy alta de ejemplaridad.
Mi valoración personal es que esta entrevista es, ante todo, un acto de coherencia vital: un hombre que ha vivido el poder, el conflicto y la fragilidad humana habla desde la serenidad de quien ha hecho las paces consigo mismo. No hay pose ni victimismo, sino una combinación poco frecuente de humildad, lucidez y sentido del deber, sostenida por tres ejes que aparecen una y otra vez: compromiso, responsabilidad y lealtad.
Salvador D.– Mi querido Josép, recibe mi gratitud por acércanos y dejarnos conocerte con tan interesante relato de una parte de tu vida, seguramente hay otras muchas paralelas desconocidas para todos detrás.
Josép D.- Mi querido Salvador, muchas gracias por tu tan generosa entrevista y por el cuidado con el que has tejido mi relato… Quisiera terminarlo con un canto a la ética y a la moralidad que últimamente parece que se han abandonado en general. Y fijate que perseguir estos dos valores es tan fácil como subir al autobús y pagar el billete sin escaquearse.
Entrevista realizada para ADCOME por:
Salvador Doblas-Arrebola
Doctor en Comunicación
Profesor de Universidad
Director de Comunicación
ADCOME no se responsabiliza de las opiniones de las personas entrevistadas ni necesariamente las comparte.
Asociación para el desarrollo cultural y económico entre Oriente Medio y Europa
من أجل التنمية الثقافية والإقتصادية بين الشرق الأوسط و أوروبا
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